El socialismo tomó del catolicismo su base filosófica humanista, de igual manera enraizó su carácter despótico, en la práctica del cristianismo primitivo, si el amor no era suficiente para hacer justicia, se justificaba la fuerza, y con esto, el catolicismo, ergo, el socialismo, comparten esa funesta herencia de toda utopía, la preeminencia de una organización piramidal, de la autoridad de unos pocos sobre la masa, basados no en las imperfecciones de los hombres, pero en la infalibilidad del sistema impuesto, en el caso de los católicos, por la Iglesia, en el caso del socialismo, por el Estado.
Dostoievski anotó en su diario que el socialismo era la comunión compulsiva de todos los hombres en los principios del catolicismo, o como lo expresó Philip Rahv, la imposición de la felicidad humana por medios políticos, sea como fuere, en los albores del socialismo utópico siempre estuvo la idea de elevar el estatismo, la preeminencia del Estado sobre la sociedad, de simple ideal político, al estatus de religión. De allí que no me asombran las contradicciones e inconsistencias argumentales y de doctrina de hombres que admiro, como los jesuitas, que al momento de hacerle frente a una ideología tan corrosiva como el socialismo del siglo XXI que, “necesita” de ese carácter sagrado para sus fines, empieza a trastabillar y a buscar coincidencias en vez de desenmascarar al falso profeta.
El socialismo bolivariano, que es sólo una pantalla que oculta a Fidel Castro y su comunismo retrógrado y salvaje, y que por medio de su agente, Hugo Chávez, sostiene una campaña por las almas, es una lucha por hacerse con el cayado del pastor, trata a la Iglesia como “competencia desleal”, su meta es desplazarla, o someterla a su hegemonía, como ya ha logrado hacerlo con un pequeño grupo de sacerdotes revolucionarios y un mayor número de católicos descarriados.
Debido a esta confusión de principios con el socialismo, la Iglesia no ha podido dar respuestas contundentes, y aunque se resiste a ser usada, es débil en su relación con el Estado autoritario, no ha sido capaz de poner en evidencia al tirano, no ha querido atacarlo donde más le duele, en su papel de proxeneta de valores, de vendedor de indulgencias, de anticristo, que es el papel que más le gusta. Hace mucho tiempo esperé medidas drásticas como la excomunión de Chávez o una frontal oposición al mal uso de los símbolos sagrados de la Iglesia, o cuando menos la denuncia hacia Fidel Castro y Cuba de su campaña por destruir el cristianismo en Venezuela, pero aparentemente, pesó más la diplomacia del Estado del Vaticano, y en ese extraño contubernio de ideas que los socialistas le robaron al catolicismo, hemos vivido sin posiciones de fe y de doctrina que frenen este ataque continuo del Gobierno.
Pareciera ser que nuestros sacerdotes se creyeron la acusación de Chávez de que se comportaban como políticos en sotana, igual que la oposición se tragó eso de “guarimberos” si oponían resistencia civil en las calles. Chávez acusa, para poner a la gente a la defensiva, y lo logra, los neutraliza. Pero él sí actúa como quiere, y si necesita oficiar un rito santero en cadena nacional, o dar un sermón sobre la “verdadera doctrina” de Cristo, lo hace y punto.
La Iglesia se ha mantenido gracias a que nuestro pueblo es esencialmente creyente, y como parte fundamental de la Iglesia, ha sostenido una firme oposición al envilecimiento del culto nacional, a pesar de que han pasado coleto con nuestros principales jerarcas, de los que no se salvó ni el Papa. Lamento ver hombres de sotana proclamarse socialistas sin ningún empacho, darles a Chávez y a su gobierno el beneficio de la duda en cuanto a sus intenciones de acabar con la pobreza aun cuando tenga que suprimir las libertades en nuestro país. El 2010 va a ser un año de definiciones y sólo esperamos que quienes se sientan responsables por la feligresía, actúen sin otro propósito que la restitución de la verdadera Iglesia, la lucha sin cuartel en contra de los herejes cubanos, sin reculeos, ni poner la otra mejilla.
Fuente: El Universal
























