El desenlace del revocatorio presidencial de 2004, que según las cifras del CNE prolongó el mandato de Chávez hasta el año 2006, tuvo un efecto depresivo para la sociedad democrática.
Fue la culminación de una intensa movilización de masas, y hasta días antes de la consulta las mediciones de opinión dibujaban una victoria opositora. Se hubo de enfrentar un proceso de posposiciones e inconvenientes, incluso una decisión del TSJ que cambió la definición del referéndum por la versión del plebiscito simple. De haberse mantenido lo primero de acuerdo con los resultados oficiales conocidos, el mandatario habría sido despedido. Era tal el triunfalismo, que algunos representantes de la oposición en la Mesa de Negociaciones y Acuerdos instalaron comandos de campaña para sus futuras candidaturas presidenciales.
Estaba claro el plan continuista del régimen y la construcción de una estructura ventajista que le diera viabilidad. Sin embargo, en aquellos días a nadie se le ocurrió llamar a la abstención, aun sabiendo que se transitaba un camino minado de obstáculos y de trampas. No obstante, la forma como se presentaron los resultados y la actitud de la Coordinadora Democrática reafirmaron la convicción de que se había consumado un fraude continuado, sofisticado y complejo propio de los totalitarismos del siglo XXI.
En estos tiempos ya no son posibles los asaltos electorales a lo Jalisco. No faltó quien pidiera su comprobación como si ello fuera posible. Históricamente, se sabe que los fraudes no se comprueban sino que ellos constituyen un acto de fuerza, una forma de golpe de Estado y una acción violenta para acaparar el poder. Por esta vía se legitiman los gobiernos existentes o, en caso contrario, se desatan climas de enfrentamientos y conflictos. Otra cosa es reconocer irregularidades y ventajismo, que no zarpazos brutales para burlar la voluntad popular.
¿Cambiaron las cosas en las siguientes elecciones? ¿Acaso se han desmontado los mecanismos que operaron la larga noche del 15 de agosto de aquel año? ¿Hasta dónde, con los días, no se han incorporado nuevas prácticas que conducen a escrutinios cada vez más favorables al oficialismo? ¿Por qué no se permite todavía la revisión integral del Registro Electoral Permanente? ¿Se debe entonces en esas circunstancias no votar? Ese es otro tema, y ya lo veremos.
Fuente: El Nacional

























