El gobernador del estado Mérida, Marcos Díaz Orellana, informó, hace apenas unos días, que un estudiante de cuarto año de bachillerato fue asesinado por acciones violentas de la contrarrevolución; mientras que en Caracas el director de la Policía Metropolitana, comisario Carlos Meza, dijo que la PM preservó el orden público durante más de 18 manifestaciones protagonizadas en enero, por sectores de la contrarrevolución. Por su parte, Chávez en su “Aló Presidente” del domingo pasado afirmó que “Violencia y desestabilización siempre han sido los códigos de la contrarrevolución para tratar de tumbar el Gobierno”. Como ya había alertado en el 2009: “¡Debemos seguir a la ofensiva, arrollando a la contrarrevolución, no tenemos más alternativa!”.
Hasta aquí, varios ejemplos recientes de cómo para este Gobierno el término contrarrevolución es un instrumento importante en su estrategia de comunicación y propaganda. Un concepto pleno de contenido histórico dentro del marxismo, pero carente en este socialismo de pacotilla de realismo social y donde en su expresión más simplista se reduce a pura oposición política. Nada que ver con la contrarrevolución burguesa de la Prusia de mediados del siglo XIX a la que se refirió Marx en sus cartas y escritos, entre otras razones, por que aquí en esta Venezuela de comienzos del siglo XXI se hace muy difícil distinguir a la burguesía tradicional de la nueva chavista, esa que llaman “boliburguesía”, a pesar de su falta de discreción y de encanto. Pero, qué revolución sería ésta si no hubiese una contrarrevolución. Pues por supuesto, una inventada.
La historia del siglo XX se puede resumir como la historia de las revoluciones traicionadas, lo dijo Camus o también de las contrarrevoluciones silentes, si queremos ver la otra cara de la moneda.
El Gobierno tiene razón. Cada vez que se asesina a un estudiante o cada día que pasa de impunidad desmedida frente a la delincuencia, se comete una acción contrarrevolucionaria. Cada preso político o ataque a los periodistas o a los medios, es un acto contrarrevolucionario. Cada día que nos quedamos sin luz o sin agua se comete un ataque contra la revolución. Cada acto de corrupción cometido por funcionarios chavistas durante estos once años de gobierno, bajo la vista gorda de la Contraloría o de la Fiscalía, es en sí mismo un acto antirrevolucionario que atenta contra los intereses de la revolución. Y así pudiéramos seguir indefinidamente. El “socialismo real” se desploma bajo el peso de sus propias ignominias.
Bien mirado el asunto, llegaremos a la conclusión de que todos somos “contras”. Unos, por supuesto, de convicción, de puro no querer a Chávez, ni a su gobierno. Estos están, decididamente, en franca oposición a la revolución y al proceso, llámese socialista, bolivariano, o como sea. Los otros, sin embargo, son contrarrevolucionarios sin darse cuenta, sin querer queriendo. Son los “contras” silenciosos, latentes dentro del proceso revolucionario, que actúan subrepticiamente. Son todos los demás. Los que no están en la oposición pero trabajan para la oposición con su accionar diario y continuo. Están en todas partes, en los organismos públicos, en el PSUV, en la Asamblea Nacional, en el Palacio de Justicia, en los restaurantes, en la calles. En Venezuela, no cabe la menor duda, existe una contra revolución permanente.
Fuente: El Universal
























