Las excusas se acabaron, las mentiras se agotaron y las promesas se gastaron. La incapacidad del régimen a estas alturas es manifiesta e inocultable. Es difícil creer que después de 11 años de desatinos continuos de desgobierno se puede convertir en gobierno.
El régimen por la brutal devaluación le confisca el dinero a la gente, al rebanarle el poder de compra a la mitad de su propiedad más preciada: el fruto de su trabajo.
Se supone que un gobierno está al servició de la gente y no de sí mismo, esto último es lo que hace al sustraerle sus ingresos para destinarlos a sus fines políticos electorales de permanencia en el poder y continuar con la regaladera de dinero a otros países.
La siembra del petróleo se hizo en Guayana, en empleos estables, agua y electricidad para la gente y el desarrollo de las industrias básicas. Este régimen despilfarró un millón de millones de dólares y ha creado una terrible desesperanza en los venezolanos. El dinero para crear desarrollo y bienestar se lo llevaron los boliburgueses de los bancos y sus secuaces, como consecuencia de la falta absoluta de supervisión gubernamental. Convirtieron deliberadamente al parque industrial en un cementerio: Guayana y sus trabajadores cesantes.
Por causa de Gómez entramos 35 años tarde al siglo XX, ahora ya llevamos 11 años de retardo para que Venezuela ingrese al siglo XXI. Es hora de actuar, los dirigentes están obligados a atender el clamor de unidad.
Al Gobierno se le acabó su tiempo y perdió la oportunidad para la rectificación. No es capaz de dirigir a la nación hacia la libertad y el progreso. No cree en la democracia sino en el comunismo empobrecedor del poder perpetuo. La vida requiere de cierta estabilidad, que el ser humano necesita para su desenvolvimiento. El metro como unidad de medida es estable, no se altera, siempre es un metro, la hora es siempre 60 minutos. Aquí nada es estable, el régimen discrimina al pueblo con diferentes tipos de cambio y la parte del león se la lleva él.
Nota: Hace dos años partió a la patria celestial nuestra queridísima e inolvidable madre: Beatriz Bustamante de Arreaza. Nunca habíamos experimentado pérdida y dolor semejantes. Su ausencia en “este valle de lágrimas”, que muchos confunden con la única vida, la hemos sentido entrañablemente. Sobre todo, nuestro querido y admirado padre Julio César, quien compartió con ella 58 años de vida en común y su matrimonio constituyó un verdadero sacramento.
Hemos sentido la llama y desolación, el dolor vivo y profundo que le produce en el alma la ausencia de la amada esposa. Sin embargo, su inmensa fe en Dios lo consuela al saber que ella se encuentra mejor, en presencia del rostro resplandeciente del eterno Padre.
Es reconfortante comprobar, no sólo en el núcleo familiar sino en un amplio ámbito de parientes y amistades, que mi mamá fue una persona que tuvo una existencia terrenal digna, la recordamos con nostalgia y alegría todos los días. La peor muerte es el olvido y éste no es su caso. Nos han sorprendido los testimonios del bien que hizo, desconocidos por nosotros. Así se hace el bien, sin tocar trompeta y sin hacer bulla. La fe cristiana nos ha mostrado la más alta dimensión de la Vida, al sentir en lo más íntimo del ser que nuestra madre se encuentra gozando de la “Divina Cercanía”. Profundizando en esta verdad, hemos aprendido a comunicarnos y sentirnos cerca de ella. Nada de supercherías y cuentos truculentos del más allá, la experiencia de Dios es un bálsamo profundo y sencillo.
En estos dos años hemos aprendido a querer más al grande hombre que nos tocó de padre. Un hombre íntegro, noble y bueno. Su digna actuación privada y pública ha sido un faro que ilumina nuestro sendero. Constituye un ejemplo para el país hoy gobernado por lo peor de la sociedad. Condujo al lado de hombres de la categoría de Pérez Alfonzo, Pérez Guerrero, Mayobre y Alfonzo Ravard la política y la industria petrolera. Bajo la conducción de ellos Pdvsa fue la segunda empresa petrolera del mundo.
Diario 2001
16-01-10


























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