Winston CHURCHILL “El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes. La virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria.”

Hugo CHÁVEZ “La coca, no es la cocaína... ¡Yo mastico coca!, todos los días en la mañana y miren como estoy”

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Domingo Alberto Rangel // Revolución ¿Sin revolucionarios?

Agregado por Redacción on Ene 3rd, 2010 archivadas por OPINIÓN. Tu puedes seguir cualquier respuesta a esta noticia en RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

Domingo Alberto Rangel

Ha comenzado, en las grandes plazas económicas del mundo, lo que será una larga recuperación. La crisis o recesión desatada en el 2007 ha dejado de agravarse, lo cual constituye un signo débil pero elocuente que adelanta un paso optimista hacia la cabal recuperación de la economía internacional. Dentro de unos años, no se sabe cuántos, las economías más adelantadas del planeta estarán viviendo otra prosperidad. El capitalismo tiene una manera peculiar de crecer. Es el sistema de mayor dinamismo que haya existido en la ya vetusta historia de la Humanidad.

La prosperidad arranca cuando el capital constante, como lo llamaba Marx, exige reparaciones o reinversiones, que conllevan a la contratación de mano de obra, lo cual robustece el capital variable, para seguir usando la nomenclatura de Marx. El sistema cobra ímpetus inusitados y se registran tasas de crecimiento económico sin precedentes algunas veces cuando la contratación de mano de obra se destina no sólo al manejo del capital constante que ya existía, sino al nuevo capital, vale decir, las inversiones nuevas. Es la conversión de la plusvalía en capital, que añade una determinada cuota de mano de obra a la que ya trabajaba y así vuelve a repetirse el esquema de la acumulación de capital. Las inversiones resultan empero tan impetuosas y formidables que surge una superproducción, porque el capitalismo jamás concederá las ganancias a la masa laboral. De ocurrir tal concesión a los trabajadores sería la muerte del sistema que se basa en la tasa de beneficio.

El capitalismo ha sido, a pesar de esta manera contradictoria de crecer, en la cual a las prosperidades más frenéticas sobrevienen las caídas más espectaculares, el sistema más dinámico de toda la historia hasta ahora. Un sistema donde se produce para vender y se compra para producir mercancías, vale decir, valores de cambio, conlleva un dinamismo diabólico. Sin embargo, la contradicción entre las alzas de la capacidad productiva y los niveles del gasto social, contenidos por la tasa de explotación de la mano de obra, van creando una superproducción con fuerza o amplitud suficientes para dinamitar el sistema. A eso iba el capitalismo en 1929. Dos recursos lo salvaron. El primero fue la guerra de 1939, que despilfarró seres humanos en los frentes de batalla y permitió a los Estados Unidos, lo mismo que a Inglaterra y a Alemania, su aliada y su enemiga, absorber el desempleo, elevar el gasto público y lograr por ese camino el equilibrio macroeconómico entre oferta y demanda, entre Producto Interno Bruto y Gasto Nacional Bruto. Después de la crisis de 1929 y la manera como fue resuelta, el capitalismo no sería ya el mismo. Por desgracia para las causas revolucionarias, muchas personas creen que el sistema capitalista sigue siendo el mismo de entonces.

La obra de John Maynard Keynes “Teoría general de la ocupación y el dinero” introdujo un cambio, no en las bases mismas del orden capitalista, sino en la manera de manejarlo y eso cambió su destino. El aporte esencial de Keynes consiste en distinguir entre Macroeconomía y Microeconomía. Si el capitalismo aspiraba a sobrevivir, plantea Keynes en su libro, es fundamental esta distinción. Para ilustrarla Keynes utiliza el papel del ahorro. La continencia, el trabajo sistemático, la previsión puntillosa de donde vienen los ahorros son virtudes. Pero en el capitalismo maduro esas virtudes son catastróficas porque acentúan la tendencia estructural del capitalismo avanzado a realizar el equilibrio entre oferta y demanda por debajo del nivel de pleno empleo. La ley de Jean Baptiste Say, según la cual toda oferta crea su demanda no se cumple en el capitalismo maduro porque el gigantesco ahorro existente pone a la demanda por debajo de la oferta y el desempleo que era cíclico se convierte en permanente. La presencia del Estado en la economía deja de ser, para Keynes, algo ocasional para convertirse en expediente consuetudinario tan esencial como las funciones de defensa y de seguridad. Todo esto lleva a un cambio político. Los gobiernos de los países burgueses, lo mismo el de la Reina Isabel en Inglaterra que del comandante Chávez en Venezuela, tienen que enrolar, domesticar o incorporar a la clase obrera al orden imperante. Es la única diferencia del capitalismo de hoy día con el de hace ciento cincuenta años. La clase obrera ha sido domesticada, enrolada o incorporada a los rangos del sistema. La CTV, pero igual Codesa o los sindicatos bolivarianos son hoy parte del orden. Su tarea es la de cretinizar al proletariado. El Estado interviene para que haya pleno empleo o para situarse cerca y los sindicatos pagan ese gesto sosteniendo al sistema capitalista con su pasividad.

El papel de la clase obrera organizada es deplorable, sean manejadas por los adecos, por los comunistas o por los bolivarianos. El capitalismo superará todas las crisis y burlará todos los retos. Mientras no haya desafíos revolucionarios el capitalismo superará todas las crisis, así sean éstas inevitables. No tardarán sus economistas y sus abogados en conseguir las fórmulas para salir del atolladero en que las circunstancias coloquen al sistema. La clase obrera está enrolada por completo, pueden con ella hacer las manipulaciones que sean necesarias. El ciclo abierto en Europa por la Comuna de París en 1871 se ha cerrado para siempre. Cuando el imperio norteamericano se da el lujo de tener en Honduras a dos servidores enfrentados, Micheletti y Zelaya, es porque la hora de los riesgos pertenece al pasado. Las propias guerrillas colombianas dedican más tiempo a buscar acuerdos humanitarios que a hacer la guerra, que es su objetivo primario. En Europa, los grandes factores subversivos de otros tiempos callan y se sumen en el abismo de la somnolencia. La Ceinture rouge de parís, famoso en 1871 por haber mantenido a raya el Ejército prusiano y al Ejército francés al mismo tiempo, sigue siendo teatro de insurgencias, pero en un campo de batalla social. Ahora pelean allí los argelinos, los tunecinos y los marroquíes discriminados por los franceses. La clase obrera aburguesada de Francia ya no combate.

Diario 2001

03-01-10

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1 Comentario por “Domingo Alberto Rangel // Revolución ¿Sin revolucionarios?”

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