El Universal 13-01-10
¿No temblará Chávez más que nosotros con los efectos imprevistos?
El viernes pasado, como regalo de Reyes tardío y en la humildad del menguado Canal 8, Hugo Chávez inauguró su Año Bicentenario. ¡Y vaya que será recordado! Como le gusta a él, este año puede decirse que será suyo y lo será por las consecuencias que sus decisiones tendrán& a pesar suyo. Las decisiones que uno toma cuando está ocupando una posición que afecta a mucha gente, no necesariamente terminan produciendo lo que uno quiere, lo que uno ansía ver desarrollarse.
Vayamos con lo que no sabemos si terminará siendo lo menos importante: el tronchado horario de la administración pública. ¿En qué estima tiene Chávez a este sector de la población? Por lo que se ve, en muy baja. Esa decisión le dice al país -y a los involucrados- algo como “pa’ lo que hacen, igual da que trabajen 8 horas como todo el mundo, o que más bien la mitad”. Es decir, que son un montón absolutamente prescindibles.
Pero no se queda en eso la decisión tomada. Ella parte de una creencia: que la burocracia pública reduzca a la mitad su actividad laboral, no afectará el resultado de su trabajo. ¿Conoce Chávez el alcance real del trabajo de esa gente? ¿Se aplicará esa decisión a los trabajadores de la salud pública? ¿A los de la policía y entes similares? ¿Y qué me dicen de maestros y profesores, quienes, si en lo personal sólo trabajan un turno, lo hacen porque las escuelas tienen el doble turno, y como lo que se quiere es ahorrar luz&? Inferimos que eso lo deja a Giordani, a quien al parecer no le disgusta informar de la cara amarga de las medidas.
Vayamos a las de mayor monta, a aquellas que rápido produjeron reacción. Antes de hacerlo, vale la pena hacer una consideración de tipo general. Chávez tiene aquí un doble problema: el primero, que los efectos reales de sus medidas sean los que él, con fuerza denodada, cruza los dedos porque se produzcan; y, el segundo: que el aparato burocrático las lleva a cabo tal cual como él ordenó que lo hiciera. Sin esta última realización, las medidas pueden terminar siendo catastróficamente dañinas o, en el mejor de los casos, irrelevantes.
Vayamos al segundo problema, porque el primero se llevará el grueso de este trabajo. Justo el día anterior, el jueves, en un programa del canal Bloomberg, el famoso entrevistador Charlie Rose tuvo en su programa al ex senador norteamericano George Mitchell, quien jugase un papel crucial en las negociaciones de Irlanda del Norte hace varios años.
La entrevista tenía que ver con su nueva tarea: mediar entre palestinos e israelíes para quebrar el mortal estancamiento de las negociaciones entre ellos y lograr lo que luce imposible: el reconocimiento de la existencia y seguridad de Israel, a cambio de la patria palestina hecha Estado autónomo.
Lo más importante de las varias declaraciones que en esa entrevista dio fue cuando se refirió a la enorme distancia entre “el -o los- acuerdo(s) a los que las partes llegaron”, y “la puesta en práctica de tales acuerdos”, y puso el caso concreto de Irlanda del Norte, que todavía espera por la plena implementación de ellos.
Eso inmediatamente me recordó un seminario que hace años dicté sobre “Innovaciones en las organizaciones”. En él se hacía ver que toda innovación pasa por tres etapas según los expertos: necesidad, propuesta y adopción; pero yo hacía ver que había una cuarta que siempre era la más lenta, y que terminaba siendo la medida del éxito: la implementación. Y esto nos lleva inmediatamente al primer problema anotado.
Cuando oí lo de los dos valores del dólar -el de 2,15 que ahora pasa a 2,60- y el nuevo de 4,30, al que se le puso el pudoroso nombre de “petrolero”, yo me dije: oye, qué chévere, por fin se le hizo caso al clamor de José Guerra y se mató de un solo microfonazo al dólar permuta, que ya no oscilará brutalmente como lo hacía en el pasado. Pues parece que no será así, según me ha hecho saber la gente que de eso sabe. No, ahora como que vamos a tener tres tipos de dólar, no dos, como ilusamente yo había creído.
Y es que los dos de Chávez& correrán por cuenta de Cadivi, y con ello morirán sus efectos previstos. La burocracia haciendo de las suyas, y adiós libros baratos, por decir algo. Y entonces ¿qué efectos reales tendremos? Pues no nos queda sino esperar a ver los acontecimientos en pleno desarrollo& Y ya los efectos comenzaron en las ventas de precio viejo, y uno imagina, en la enervante lentitud de acoplar todo a las nuevas decisiones. Al final, ¿no temblará Chávez más que nosotros con los efectos imprevistos?

























