En la década de los años ‘30, el día primero de septiembre de 1939, se inicia la Segunda Guerra Mundial, con la invasión a Polonia. Desde mi niñez, un antiguo radio transoceánico de onda corta, transmitía, las agresivas, vejantes, repugnantes, groseras, peroratas, de Adolfo Hitler, en idioma alemán, traducidas al español.
Con el correr de los años, ya adolescente, como asiduo lector de periódicos, al observar las marchas militares, en perfecta formación, se acentuó mi aversión al dictador, cuyo único objetivo era la destrucción de todo lo que odiaba, temía y anhelaba.Seis años de guerra fratricida dejó 50 millones de muertos y millones de inválidos. Con la caída de Berlín, capital de Alemania, el primero de mayo de 1945, en Bogotá, República de Colombia, una multitud alborozada salió a las calles para festejar el fin de la gran guerra, la desaparición de los dos déspotas, Hitler y Mussolinni, quienes murieron con dos días de diferencia, después de haber sometido al mundo al mayor sufrimiento jamás sentido por todos los seres humanos que habitamos este planeta.Albert Einstein, eminente sabio alemán, autor de la teoría de la relatividad, al ser entrevistado por los reporteros, manifestó que “no era posible que una minoría gobernante se mantuviera en el poder, usando como instrumento, al pueblo, dispuesto siempre a sufrir y hasta dar su vida”.Desde Nabucodonosor, Rey de Babilonia, 600 años antes de Cristo, hasta los incontables sátrapas, quienes, con mano de hierro, gobernaron en Egipto, Grecia, Roma, la Inquisición, etc., a través de los siglos, soportaron los vejámenes de dictaduras que vulneraron los derechos humanos.América Latina, nuestro continente, ha sido tierra fértil, cuna de dictadores. Es verdad. Nadie puede negarlo. La lista de tiranos es larga, agobiante, triste, amarga. En Venezuela, en 1899, Cipriano Castro, hasta 1908. Juan Vicente Gómez, encargado de la Presidencia, desplaza a su amigo, compadre y subalterno, en un golpe de estado y manda durante 27 años. Diez años de terror, crímenes, cárceles, de 1952 a 1958, constituye la satrapía de Marcos Pérez Jiménez, el tirano de Michelena, quien huye del país para refugiarse en República Dominicana, al amparo de otro dictador, Rafael Leónidas Trujillo.Caído el perverso régimen perezjimenista, en 1958, Venezuela se convirtió en un país modelo en América Latina, pacífico, obediente a la Constitución de 1961 y a las leyes de la República, con alteraciones del orden público, conducidas por grupos de inadaptados. Se detectaron focos guerrilleros en varias regiones del país como rezago de un pasado militarista. La era democrática venezolana abarca desde 1959 hasta 1998, 40 años de libertad, respeto a los derechos humanos, al estado de derecho, a la división de los poderes, la más prolongada y sólida del Continente Suramericano, con Presidentes electos por el pueblo cada cinco años.En muchos países suramericanos, entre los cuales se encuentra Venezuela, se ha perdido el sentido individual, para crear una sociedad socialista real, marxista a la cubana, liderada por Fidel Castro, para edificar una sociedad comunista.La legalidad individual garantiza la libertad y avala la propiedad privada. La legalidad socialista limita la libertad de prensa y otras libertades, con el objeto de destruir la Sociedad. La fórmula de los tres poderes, crea un equilibrio, el cual permite un control recíproco.Hace 11 años, en artículo de Opinión (EL IMPULSO 02-06-1999, página A3), afirmé: “Enfrentar a los llamados malos, que gobernaron al país durante las últimas cuatro décadas, y los buenos, que hace solo noventa días asumieron el poder, sería parcelar al país y establecer una lucha de clases que en nada ayudaría a la paz para la recuperación de la nación”. Siete años después (EL IMPULSO 02-09-2006, página A2), escribí: “Fatalmente, mi afirmación del ayer se está cumpliendo al pie de la letra”. Hoy, este país está a merced del hampa desbordada con su secuela de muerte, malandros y sicarios, amparados por un régimen que manda pero no gobierna. La indefensión jurídica del ciudadano común o del empresario, ante un poder mediatizado, no tiene los mecanismos para enfrentar al caos y la anarquía que amenaza la disolución de la República. Estamos inmersos en la improvisación, la incapacidad y la irresponsabilidad de un régimen que saqueó, más de 950 mil millones de dólares y vulneró el patrimonio moral y ético del pueblo venezolano.El soldado golpista, desde las alturas del poder, en el Palacio de Miraflores, disfruta, como un jeque iraní, maneja a su antojo a este sufrido pueblo de 26 millones de habitantes. Hoy, la presidenta del TSJ, manifiesta, como un obstáculo, al proceso ineficiente, corrupto, “robolucionario”, la separación de los poderes. ¡Insólito!La Carta Democrática Interamericana, establece, en el artículo 3: “Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos… el acceso al poder… el estado de derecho… la separación e independencia de los poderes”.La siniestra semejanza entre Adolfo Hitler y Hugo Chávez es impresionante. Los dos representan dos épocas, dos actores. De 1939 hasta 2009 transcurrieron, exactamente, 70 años. El par de tiranos, agresivos, violentos, destructores, modelos de la maldad. Más pronto que tarde este régimen corrompido, funesto, trágico, colapsará, y, será suplantado por un gobierno democrático. Así de sencillo.
El Impulso
28-12-2009

























